Oigo Voces: El caudal del sueño

He tenido un sueño recurrente en el que voy caminando por la verita de un río, parecido al que cruzaba por la casa de mi infancia, allá en Ocoa, donde mis hermanos y yo nos bañábamos cada tarde hasta que mamá salía a buscarnos con chancleta en mano para que preparáramos de cenar.

Supongo que extraño mi hogar de antaño, con los mil primos que se turnaban para quedarse a dormir, los árboles de mango dispersos a nuestra disposición para cualquier merienda y la brisa fresca que no se compara a ningún aire acondicionado.  Aquí en la ciudad no es lo mismo, la tranquilidad se da solo a puerta cerrada y los amigos no tienen buenas intenciones.

También es más difícil ahora que me casé. Mi esposa no quiere viajar hasta que el niño crezca y no hay forma de sacarle esa mojiganga de la cabeza, aunque mi pueblo queda a menos de dos horas de la capital. Yo pienso que su miedo es que yo me encuentre con Minerva, la última novia que tuve antes de venir aquí.

Tenía el pelo largo y negro, la tez clara y los senos pequeños. Ella me dejó al poco tiempo de mudarme a la capital, supongo que sus hermanas le pusieron telarañas en la cabeza sobre lo que hacen los hombres cuando están lejos de su amada. La mayoría cosas ciertas, pero ella no tenía por qué imaginarlas sin tener pruebas.

A veces me arrepiento de haber elegido esta vida, pero yo quiero dinero y en el campo hay felicidad, pero no billete. Claro que es difícil ganarse la vida en cualquier parte, pero al menos ahora puedo mandarle algo a mi mamá para que resuelva, así mis hermanos no llevan toda la carga.

Se acerca la hora de dormir y mi señora me pide compañía. Acepto, más por la costumbre que por las ganas y termino pensando en Minerva, en sus senos que cabían en la palma de mi mano y cuando se le ruborizaba el rostro al tocarla. Exhausto, me hundo en un profundo sueño, donde resuena el río, se ven las casitas de madera a lo lejos, el verde de la hierba y las plantas…

Caminé por la orilla sin rumbo fijo y, de repente, escuché mi nombre desde la otra orilla. Un mulato de ojos café y pelo negro me saludaba sonriendo. Debía tener unos doce años, llevaba un t-shirt rojo desgastado y un pantalón corto negro. Me contó que en Ocoa las cosas marchaban bien, que mis tías seguían igual de chismosas, que mi madre mejoró se su pierna y que ya podía regresar.

Me sorprendí, pues no reconocía al muchacho, pero él traía noticas de mi amado hogar. Le pedí que me contara más y me senté en una piedra a escucharle. Él, sonriente, respondió a todas mis preguntas con tranquilidad mientras se sentaba en el río con los pies dentro.  Me dieron ganas de sentir el agua recorriendo mis dedos y cedí al impulso de colocarlos en el agua corriente.

Sentí tan real, que dudé por un segundo si estaba o no en un sueño. El muchacho sonrió al ver mi cara de sorpresa y me dijo que, si quería, podía volver a sentir todo lo que había olvidado,  a la paz que me hacía falta, a los brazos de Minerva, Solo tenía que confiar y cruzar el río, que por el dinero no me preocupara, me estaba esperando una casa blanca de dos pisos y unas tierras con vacas.

Quise preguntar de dónde salió la casa y la finca, pero me despertó el llanto del bebé. Su madre lo sostenía en un fallido intento por calmarlo, yo no quise estorbar así que decidí ir a preparar el desayuno. El trabajo y los demás quehaceres me distrajeron un poco de los pensamientos del día anterior, pero pronto llegó la noche y la hora de soñar.

Volví a encontrarme con el río y el muchacho. Él estaba tumbando cerezas tranquilamente, y al verme solo me preguntó si había pensado en su propuesta. Yo bajé la cabeza, el agua se veía calmada, era posible cruzar a nada y si era un sueño, lo que decidiera dentro de él no iba a afectar mi realidad.

Así que, sin darle más vueltas, me lancé. La corriente enfureció como si intentara detenerme, al punto que tuve que nadar con todas mis fuerzas. Cuando al fin llegué al otro lado, cerré los ojos, me recosté sobre la hierba y respiré profundo, esperando encontrar ese olorcito a campo que tanto extrañaba. Sin embargo, mis pulmones solo percibieron azufre, a tan altas cantidades que tuve que estornudar.

Me levanté del suelo inmediatamente y vi a mi alrededor: las casas en llamas y los árboles secos, frente a mí el mulato con una sonrisa maléfica y los ojos rojos. Me agradeció por mi decisión al tiempo que se volvía negro, como una sombra y crecía más alto que un edificio.

 No tardé en entenderlo, ese niño era el diablo y yo estaba en el infierno. Intenté despertarme golpeándome la cara, pero no funcionó. Miré hacia atrás para volver a cruzar el río, pero el agua se había vuelto sangre y no podía divisar la otra orilla. Intenté invocar a Dios y su perdón, pero unas manos salieron desde debajo de la tierra, me taparon la boca y me arrastraron hacia el abismo.

En mi casa de la capital, mi mujer se apuraba por despertarme. Más tarde los médicos le dijeron que fue un infarto.

*Chancleta: Chancla o calizo. Zapato de suela plana utilizado para el hogar.
*Mojiganga: Significa tontería, disparate, pendejada.
* T-shirt: (Americanismo) Camiseta.

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