Juegos del destino

Una homogénea mezcla de humo y música me recibieron cuando entré al bar. Tras ella pude distinguir unos ojos inquietos que dudaban si quedarse mirándome fijo o atender hacia otro lado. Naturalmente me acerqué a ellos con la emoción de un niño cuando se da cuenta de que tiene la atención que buscaba.

No era la primera vez que nuestras miradas se cruzaban, pero al menos esta vez no era culpa de algún accidente. Ella me reconoció al verme, como el loco que le tumbó el romo, pero al menos me recibió con una sonrisa.

Charlamos un rato sobre alcohol y música, pero pronto se me escurrió entre el gentío para ir frente al escenario. Era una de las pocas mujeres que se quedaban adelante a pesar de los codazos y bailaban en el mosh pit por diversión, sin miedo a caerse o salir lastimada. De esas que sabemos que están locas porque se viven el momento como si fuera el último.

Su pelo corto ondeaba hacia adelante y detrás, intentando seguir los acordes que rebotaban con estruendo en las paredes. Su sonrisa debaja salir la mayoría de las veces su lengua caprichosa, solo para terminar en una mueca rarísima que la hacía parecer más que graciosa, tierna.

Me acerqué nuevamente e intenté seguirle el ritmo. Saltamos juntos, nos tomamos de las manos y las elevamos al unísino. Nos gritamos a la cara imitando al vocalista y luego quedamos abrazados de lado, como dos borrachos. Nos atraímos como dos imanes y terminamos envueltos en un beso largo de los que enmudecen todo estruendo.

Cuando la euforia terminó, me ofrecí a llevarla a casa y ella aceptó. Mi auto se llenó de risas y anécdotas hasta que llegó el momento de despedirnos. Ella sostuvo mi cara entre sus manos y me besó apasionadamente. Intenté colocar mi mano en su muslo, pero ella la detuvo.

Bajó del carro y corrió hacia la puerta, desde allí me gritó su número telefónico y entró a resguardarse en su cueva. Yo retomé el camino hacia mi apartamento, ansioso por escribirle y confirmar que no me dio un número equivocado.

Mi compañero estaba tirado en el sofá semidesnudo con restos de papas fritas y varias botellas de cerveza rodando en el piso. Yo corrí a mi cuarto aún con la ansiedad en el pecho. No imaginan la felicidad cuando pude comprobar que, en efecto, tenía el contacto correcto.

Hablamos durante horas hasta que Morfeo pudo más que nosotros. Y soñé con sus piernas largas que escondían mi rostro, con la dulzura del cáliz que me había sido negado, con sus labios otra vez junto a los míos.

Al día siguiente mi extraño buen humor me delató. Mi amigo, que parecía más un despojo que persona, no dejaba de escupir preguntas a diestra y siniestra hasta que terminé contándole todo.

Me dio un par de palmaditas y sonrió de lado mientras me llamaba pendejo por desperdiciar una oportunidad tan importante. Su discurso me hacía pensar en una oferta de trabajo más que una cita.

Me insistió para que le mostrara una foto, a pesar de mi negativa inicial de meterlo en mis asuntos amorosos. Yo accedí a cambio de que prometiera hacerse cargo del desastre de la cocina.

Su semblante cambió de inmediato al verla: su cara se tornó roja como un tomate, encogió los labios y se volvió hacia mí histérico. Al parecer, por un giro del destino terminé besando a la novia de mi compañero de piso.

* Romo: vulgarismo para referirse al ron de caña. También suele usarse como genérico para referirse a otras bebidas.
*Mosh pit: Círculo que se forma en los conciertos de rock donde las personas dan vueltas, saltan y bailan al ritmo de la música.

3 comentarios sobre “Juegos del destino

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  1. Hola, me encanta tu estilo narrativo.
    En este párrafo, substuye “debaja” por “dejaba”
    “Su pelo corto ondeaba hacia adelante y detrás, intentando seguir los acordes que rebotaban con estruendo en las paredes. Su sonrisa debaja salir la mayoría de las veces su lengua caprichosa, solo para terminar en una mueca rarísima que la hacía parecer más que graciosa, tierna.”

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  2. En este, “unísino” por “unísono”.”Me acerqué nuevamente e intenté seguirle el ritmo. Saltamos juntos, nos tomamos de las manos y las elevamos al unísino. Nos gritamos a la cara imitando al vocalista y luego quedamos abrazados de lado, como dos borrachos. Nos atraímos como dos imanes y terminamos envueltos en un beso largo de los que enmudecen todo estruendo.”

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  3. Y aquí, va mejor una coma entre “mí” e “histérico”.
    “Su semblante cambió de inmediato al verla: su cara se tornó roja como un tomate, encogió los labios y se volvió hacia mí histérico. Al parecer, por un giro del destino terminé besando a la novia de mi compañero de piso.”

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