Un querer, sin querer

Ahí estaba de nuevo en el sofá, mientras esperaba que volvieras del supermercado. Nunca entendí por qué no resolvías esas tonterías antes que yo apareciera en tu casa, ¿será que te gustaba la idea de volver y encontrarme o simplemente eras un idiota que no tenía sentido del tiempo que nos hacías perder?

Nunca quise saber la respuesta, porque no nos permitíamos sueños, el menos no en voz alta. Una tontería si tomas en cuenta que no perdíamos oportunidad para tomarnos de la mano bajo la luna, besarnos frente al mar tiernamente y luego sonreír. Supongo que el corazón quería sentirse cálido a pesar de que prometimos no enamorarnos.

Tardaste más de media hora, en la que aproveché para guardar mi ropa interior en mi mochila y quedarme solo con el vestido blanco de florecillas amarillas. Llegaste con las bolsas en la mano, las colocaste en la puerta y te abalanzaste sobre el sillón azul oscuro. Tu sonrisa y la mía chocaron para luego convertirse en un beso apasionado.

Corriste a la cocina antes que pudiera entrelazar mis piernas en tu cintura, así que tomé las bolsas de la puerta y las coloqué en la meseta de la cocina. Mi curiosidad pudo más que mis modales y comencé a desempacar y colocarlas en su respectivo lugar, agachándome inapropiadamente, por supuesto.

No te diste cuenta de mis intenciones porque estabas muy ocupado poniendo palomitas en el microondas. Desilusionada por tu falta de atención, volví a recostarme frente a la televisión y puse a cargar la película que habíamos acordado ver.

No pasó mucho tiempo para que te sentaras junto a mí con las palomitas, pusiste mi cabeza en tu pecho y pasamos dos horas de nuestra vida pegados a la pantalla. Luego nos encargamos de desmenuzar cada detalle que no nos gustó o que valió la pena, reímos de las tonterías de los dos y se nos volvió a olvidar el mundo.

Yo estaba sumergida en ese pequeño pedazo de cielo que, en ocasiones me regalabas antes de devolverme cruelmente a la realidad. Fuimos recuerdo os, después de todo, un acuerdo sencillo, dos almas libres que no querían atarse, que preferían morir antes que una relación, aunque el romanticismo los obligara a actuar como todo lo contrario.

No recuerdo en qué momento tomaste mi cara entre tus manos. Sentí tus labios salados contra los míos y sentí como una ola de fuego en todo mi cuerpo. Me empujaste lentamente, sin dejar de besarme, hasta quedar acostaba, colocaste tu mano entre mis muslos y las deslizaste hasta darte cuenta que no había nada que quitar.

Te levantaste, me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama. Te desvestiste mientras yo te veía, indecisa si debía imitarte. No pasó mucho tiempo antes que decidieras por mí y echaras a un lado mi vestido.

Tu lengua se paseó por todas partes, hasta que explotaron las ganas que tenía guardadas. Te colocaste sobre mí y sentí como te adentrabas suavemente, completamente, hasta encontrar tu ritmo. Me estaba desbordando de placer, tenía un nudo en la garganta, en el cerebro en el pecho y sin querer, solté un te quiero.

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