El afán

El afán – Alex Ferreira, una de esas voces típicas de la Zona Colonial

Son las nueve de la mañama de un sábado cualquiera en El Conde. Mis pasos se alegraban de volver a recorrer aquella calle que tan acostumbrada estaba a mi presencia. Un lugar plagado de recuerdos desde los tiempos de Cólon, con el mítico encanto de siempre, pero con menos personas alrededor.

El calor caribeño acompañó a los madrugadores a abrir las puertas de sus locales que permanecen a flote a pesar de la fatalidad. La cafetería más cercana emanaba olor a café recién colado, mientras sus clientes se quedaban en las mesas de afuera, platicando en ingés.

Luego de unos cuantos pasos, decidí quedarme bajo uno de los faroles aún apagados. Los asientos de madera colindaban con flores de trinitaria, de un magenta muy familiar que me ausentaron de la realidad por unos segundos hasta que escuché un ruido frente a mí.

Dos hombres se acercaron a un local cerrado y procedieron a abrir la puerta corrediza. No podía recordar qué vendían, pues la mayoría de las veces mi mente se enfocaba en llegar al parque más que en ver las tiendas de los alrededores. Tenía que alejar mi bolsillo con el pasaje contado de esos lugares de perdición.

Sacaron una rampa de madera, unas sillas de plástico que colocaron al lado derecho del local y una mesita. Uno de los hombres. con una camisa mangas cortas, jeans y una gorra blanca, se perdió en el saludo de un compatriota que lo alejó de la tienda llevándose consigo las llaves.

El otro era un negro delgado, pero con musculatura definida. Llevaba una camisa de cuadros abierta y una camiseta gris con un estampado negro que no podía comprender. La mascarilla le cubría la barbilla en lugar de la boca, grave error de la gente que se ha cansado de ella y se confía demasiado del poder del Invisidible.

Al entrar por tercera vez en el recinto, salió con un carrito rojo bastante llamativo. La parte de abajo la cubría una lona y arriba un viejo cartel publicitario que no alcancé a leer. Él los retiró y los guardó en la parte de atrás descubriendo ante mí la mercancía.

El carro constaba de tres partes: la caja principal que llevaba las ruedas, una puertita frontal color gris y donde estaban colocadas unas botellas de diferentes tamaños. La pared donde colgaban unos collares de cuencas de madera y el estantero de arriba donde el empleado colocó unos pequeños bolsos blancos.

Él parecía ensimismado mientras se ocupaba de acomodar las pequeñas carteras. La que me llamó más la atención tenía un diseño un poco abstracto en el que identifiqué a una morena con unos bongós. Más abajo, junto a las botellas para mamajuana, estaban unos souvenirs de manera. Me pregunté quién le compraría ahora que los turistas se redujeron al mínimo.

Los artesanos de mi país son genete humilde e intentan sobrevivir miemtras llevan tras sus cuestas un negocio ejercido por generaciones. Negocio bien pagado por el extranjero, pero que al local le produce vulgar indiferencia, a menos que no vendan de esas gifinas tan típicas de la isla.

En ese momento me llamaron y tuve que moverme de lugar, pero no se ha borrado en mí la cara de aquel señor que parecía estar pasando el inferno, pero seguía con la esperanza a tope y la frente en alto a la espera de que la normalidad vuelva, de que la Zona colonial buelva a traer compradores y criaturas nocturrnas, de que pueda llevar a su casa un poco más que cansancio e incertidumbre.

*Invisidible: Juego de palabras entre invisible e indivisible.
*Botellas para mamajuana: La mamajuana es una bebida que se realiza a partir de la mezcla de ron, vino y miel. aunque puede tener otros licores. Estos se dejan reposar en una botella llena de corteza de árbol y diferentes hierbas. Esta infusión se deja reposar al menos un mes antes de ser consumida. Generalmente se vende la botella rellena de las especias.
*Gifinas: Muñecas de barro sin rostro, originalmente realizadas en Moca y que ahora son símbolo de la artesanía local.

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