Cuesta respirar

Como un vaso, que de a poco se llena,
solo basta una mota de polvo para rebosar y desatar la crisis,
la retahila de tantas veces, que no puede acabar.

Quedas atrapado, no puedes escapar.
Acorralado en tu propio templo, con la idea de que puedes manejarlo,
aunque en el fondo sabes que estás indefenso.

Mantienes tu cabeza en alto y aguantas.
Piensas llegar al lugar seguro donde tendrás descanso,
pero el camino es largo y encima, tienes que detenerte.

La tráquea se contrae, así se siente.
Los pulmones, nerviosos, dan cortas bocanadas de aire,
en un ridículo esfuerzo por mantenerse funcionando.

Se empieza entonces a escuchar un extraño pitido,
como un leve quejido, al compás de la respiración,
y ahí desesperas porque sabes cómo continúa.

Veinte y tantos años han pasado,
pero el miedo es el mismo: no llegar a tiempo, no poder correr.
Caminas con paso firme hasta tomar el transporte público.

Piensas en el ayer, para distraerte.
Recuerdas la época que la tele y tú eran amigos nocturnos,
acompañados del ruidoso aparato que ahora necesitas.

No entiendes por qué te eligió a ti.
Como si no fuese suficiente con sentirse inútil la mitad del tiempo.
tenía que sumarse una razón lógica para que tu miseria tenga peso.

El olor de un perfume te devuelve a la realidad,
empeora tu situación y la presión en el pecho enfurece.
Decides bajarte antes de tiempo, pero caminarás un tramo más largo.

Maldices no tener un carro, no tener dinero.
Los taxis no se pagan solos y te agarró la bestia a final de mes,
la misma constumbre de aparecer en el momento menos esperado.

Cuando por fin llegas a casa, no puedes hablar.
Eso requiere un esfuerzo extra que ya no puedes permitirte,
te acercas al clóset sin titubear y bajas una caja mediana.

Dentro hay una especie de maletín blanco.
La solapa más grande es la que tiene los cables y mascarilla,
la pequeña tiene el cable de electricidad que apuras en conectar.

Vacías la medicina en el cuenco transparente,
colocas la mascarilla y lo pegas de la manguera con naturalidad.
Sigues aguantando, los oídos te molestan y te ahogas, te asfixias.

Lo pones en tu cara y enciendes.
Te gustaría que el efecto fuera mágico, como si tronaras los dedos,
pero eres demasiado realista, no crees en duendes.

Aspiras el vapor del nebulizador tranquilamente.
Sabes que lo peor ha pasado y solo queda esperar volver a lo normal,
aunque aún te cuesta absorber el humo, aún te duele el pecho.

en retrospectiva y agradeces que eres fuerte,
no como quisieras, pero lo suficiente para no colapsar antes de pisar el portal

Piensas en retrospectiva y agradeces que eres fuerte,
no como quisieras, pero lo suficiente para no colapsar en medio de la calle,
para no tener que llamar a emergencias.

Revisas el primer compartimento,
queda un tubito extra de albuterol, y no estás seguro que el seguro lo cubre.
Mañana vas a agendar una cita en el neumólogo, hoy toca descansar.

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