Me tomó por sorpresa

Desde pequeña me forjé una idea de mí misma que parecía ser resistente a todo cambio. Mi forma de ser poco se inmutó cuando llegué a la adolescencia y no se movió un centímetro con la adultez. Creía que sabía todo sobre mí, de lo que era capaz y a lo que nunca me atrevería, pero llegaste y tiraste por el suelo mis certezas.

No sabía que no me gustaba el mítico pan con mermelada y mantequilla de maní, hasta que terminé en tu casa con una bocanada en la boca que casi me hizo vomitar. No tenía idea que el jazz iba a provocar una explosión escandalosa en mi oído musical, enamorándome al primer instante o que los blueberrys son tan agrios como el veneno que derrocha la boca de la vecina cada vez que habla sobre mí.

No habría intentado nunca mezclar vino con limón si no me hubieras insistido. Para mí fue una sorpresa que terminara gustándome tanto como que pusieras tus dedos entre mis piernas en lugares públicos, una chica como yo, con exceso de pudor y rectitud.

Quizás al final era lo que buscaba. Una salida interesante de mi rutinaria vida, la adrenalina que me faltó en los tiempos donde se suponía que debíamos ser rebeldes, el valor para atreverme a sentir a fondo, de golpe, sin pensarlo.

No imaginé que te ibas a calar tan hondo y que cada fibra de mi ser moriría por sentir de nuevo el roce de las yemas de tus dedos en mi espalda desnuda, tus labios pegados a los míos en un beso interminable, tu cuerpo sobre el mío, el latido de tu corazón cuando te quedabas exhausto a mi lado…

Todo pasó de un parpadeo, sin permitirme analizar las decisiones o andarme con rodeos, pero como toda aventura llegó al final. Descubrí que tus noches no eran completamente para mí, que yo era un poco de tiempo que sacabas entre semana cuando tu novia te dejaba respirar. Así que decidí perderme entre los recuerdos de los días felices.

El tímido acercamiento de la despedida quedó grabado en una calle cualquiera, mientras la lluvia caía sobre nosotros, mojando tu último beso con su torrente al tiempo que mi corazón se encendía y apagaba en un instante. El mismo corazón que ahora permanece dormido.

Aprendí más sobre mí en dos meses que en veinte y quinco años. Cambié mis patrones por unos que aún no comprendía del todo, pero lo que me tomó por sorpresa es que no derramé lágrima alguna cuando me dejaste por ella, lo asumí como parte del destino, aprendí a aceptar que fui segunda y que así se iba a quedar.

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