¿Aún me lees?

Me he preguntado muchas veces si todavía frecuentas este blog a medio hacer, si sigues comiéndote mis historias de un bocado, saboreándolas sin pestañear para no perder ni un solo detalle, porque fuiste y serás mi mayor crítico y a la vez, mi mayor impulso.

¿Será que tus ojos sollozan cuando escribo alguna tontería sobre el amor? ¿La comparas con lo que vivimos o sigues la corriente como si nada, caminando sobre las palabras manchadas de experiencias pensando que no te representan? ¿Resuenan aún esos versos que escribí para ti?

Y ahora, ¿a quién imaginas en mis relatos? ¿A ti? ¿A él? ¿O aprendiste que no solo le pertenecen a un personaje, pues pasado y presente se entretejen con esos mil mundos que no son míos, con esas almas etéreas que a veces se apoderan de mí cuando escribo, dándome el valor de maximizar los sentimientos para despertar alguna emoción, robando pedazos equivocados de mi consciencia para mezclarlos con pensamientos paganos de otro cuerpo?

Hubiera sido tan felíz si hubieras comprendido aquello a tiempo, pero también he tenido parte de la culpa por no explicarme como se debe. Nunca me he expresado claramente de forma oral, mis emociones terminan rebosándose, ahogando todo lo que intento decir y termino bañada en lágrimas.

Pero no quiero hablar de cosas tristes, más bien quiero saberlo todo: ¿Guardas esta dirección en algún lugar secreto o acabaste por memorizarla? ¿Qué pensarás ahora de los fantasmas que he creado? ¿Se sienten irreales como en otro tiempo o ya empiezan a apoderarse de tu ser? Son tantas las preguntas que se me embotellan en la garganta que una página no puede contenerlas, ni una sola lengua puede enunciarlas.

Quizás tonteo demasiado y sigo sin percatarme de lo que sucede a mi alrededor, ignorando el hecho de que tal vez me hayas olvidado, que hayas renegado a mis musas y lanzaras mis ilusiones de vivir por siempre en tu memoria por el inodoro junta a toda la mierda que vivimos alguna vez y que no superamos.

Prefiero mantener la incógnita encendida, la vela de la esperanza llameante, para no sentir el frío despechado de tu ausencia espiritual, porque a la material casi me he acostumbrado con ayuda de mis frecuentes distracciones, mis libros y un sorbo de ron del malo.

Si algún día recorres el historial de tu pasado y te encuentras de golpe con mi cara risueña de inocente tigre en medio de la selva, quisiera que me dijeras sinceramente si aún me lees… porque yo, desde mi solitaria habitación, aún te escribo.

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