El ritmo

La luna parecía danzar sobre nuestras cabezas al son de los atabales. Las estrellas se ocultaban tras los nubarrones que ocupaban el cielo con su espesor, que servían como reflectores de la luz tenue de esa redonda espectadora vestida de llena y le cedían todo protagonismo.

El ambiente se llenaba de misticismo y color con cada canto que se elevaba al cielo a nombre de Belié Belcán o Papá Candelo, reproducidos por mil voces en unísono inspiradas por la algarabía característica que emana la percusión en la sangre Caribeña.

Era una noche en que las raíces negras no podían negarse, donde los santos se transformaron en dos entes con cien caras y un millar de religiones, donde se explotaron los altares y ya no importaba quien de todos daba la bendición. Todo era un dejarse llevar infinito entre las notas musicales, el toqueteo de la tambora y el ruido de las palmas.

El tumulto que se había formado cercano al escenario parecía haber migrado de muy lejos, pero contenían un solo corazón, un solo palpitar que se escuchaba sin estetoscopio, imitado por los pasos en el suelo, hiriendo de muerte al silencio nocturno bajo un solo ritmo que se fundía con todos, que se fundía conmigo.

La música nos abrazaba con sus manos invisibles y el alcohol inundaba las cabezas vacías, calentando las pocas neuronas que quedaban activas, obligándolas a reaccionar al compás que marcaba el rasgado sonido de la guitarra., a flaquear ante el misterio universal que se abría frente a nuestros ojos de esa idea pura de que todos somos hermanos.

Me movía, más por impulso más que por noción propia, imitando los pasos de los bailarines más cercanos, cerrando los ojos muchas veces, intentando contagiarme de ese fuego espiritual que parecía emanar de cada uno a su manera.

Sin darme cuenta tropecé con ella, una negra azabache de ojos oscuros y pelo revuelto, que en vez de enojarse por el repentino golpe, sonrió y tomó mi mano. La cintura se meneaba suelta como embarrada en manteca, resbaladiza y tentadora para mis dedos que se acomodan de a poco en su vaivén.

La semioscuridad que nos envolvía me hacía desear aún más su figura que parecía moldeada en barro y endurecida con azúcar del inframundo, bendecida por los dioses y armada con las mismas gracias que cualquier reina de belleza, con la diferencia que ella sabe usar las suyas a su favor.

Su cuerpo aguitarrado se acercaba más al mío manteniendo su cadencia intacta mientras el sudor corría por su piel, a punto de mezclarse con el mío. Apreté sus caderas, y choqué mi pelvis contra sus nalgas, ella se volteó y me miró pícara mientras sonreía hacia un lado, puso sus manos alrededor de mi cuello , yo tomé su cintura y la conduje hacia mí.

En este punto nuestra respiración era compartida. No pasó mucho tiempo antes de que me atreviera a rozar mis labios con los suyos y ella derramara esa salvia bendita por la luna, desatando los deseos que tenía guardados, asegurándome el delirio de no poder olvidarla cuando ni siquiera conozco su nombre.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: