Felices

Nos creen felices porque sonreímos en todas las fotografías, porque me llevas de la mano cuando caminamos y tu boca busca mi frente al despedirnos, no saben que la inercia es quien nos hace entrelazar nuestros dedos cuando nuestros brazos se rozan y que besas mi frente porque te he prohibido besar mi boca.

El verdadero infierno se vive en estas paredes grises donde cuelgan los recuerdos de nuestra boda, que lloran de pena cada vez que rechazo tus abrazos ávidos de calor humano o cuando tus ojos miran con indiferencia sobre mi hombro para luego posarse sobre la pantalla del celular. 

Nos creen felices porque no nos escuchan discutir. No saben que las sábanas aún siguen mojadas por las mil lágrimas derramadas, que el enojo y la impotencia se han convertido en nuevos inquilinos de nuestra habitación y que nuestros hijos son espectadores silentes de los gritos de ambos que estallan impertinentes a mitad de la noche.

No deben saber que nos destruimos poco a poco mientras se mueve la manecilla del reloj, porque la confianza se ha roto y la herida sangra aún sin detenerse, bullendo en el fondo del alma rasgada, derretida por las llamas de un fuego que se extinguió. No deben saber que la convivencia es un trago amargo de limón.

No hemos sabido recobrar las riendas de esta relación que marchita los días de nuestra existencia, todo porque el orgullo se niega a perdonar el pasado y el miedo no se atreve a alejarse por siempre del presente. No queremos aceptar la única vía de escape, aferrados a la excusa de que los hijos necesitan de una familia completa, ignorando que quizás es mejor que vivan lejos de un campo minado de emociones negativas.

Nos empeñamos en aparentar que somos la pareja perfecta, que los problemas no afectan la ocupada vida que decidimos llevar, sin embargo no hay maquillaje que pueda esconder las ojeras que se han cuajado en la piel de aquella que te espera cada vez que vas a operar o a “operar”, depende del humor de tus pantalones. Esa misma que se queda dormida en el sofá y sueña con poder devolver el tiempo y no descubrir la verdad, o haberlo hecho antes de enamorarse por completo. 

Nos creen felices y ni se imaginan que el flagelo de la traición también consumió nuestro pequeño cielo y lo transformó para siempre en un desierto árido, en el que aunque ambos conocemos la salida, nos detenemos en el límite esperando corregir aquello que no es posible volver a componer.



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