El río

El sol tostaba mi espalda aún con la ropa puesta. El resplandor cegaba mis ojos impidiéndome apreciar el horizonte al tiempo que el sudor chorreaba por mi frente como una cascada infinita. Las moscas cruzaban de un lado a otro amenazando con posarse sobre cualquier ser viviente y mi incomodidad crecía conforme se movían las manecillas del reloj.

Era uno de esos días de otoño disfrazados de verano donde el astro rey saludaba desde lo alto a todos aquellos que, como yo, anhelaban que se extinguiera por un rato. Decidí dejar de leer y caminar sola hacia el río Camú. No tenía ganas de esperar a nadie, solo pensaba en zambullirme y dejarme arrastrar por la leve corriente y sofocar el calor que me embargaba.

El trayecto de la casa al caudal era corto pero gratificante: El cielo despejado lucía sus mejores nubes algodonadas, haciendo contraste con la grama verde que lucía como mullida alfombra bajo mis pies. Los árboles aparecían tímidos a un lado y otro, acompañados de algunas palmas esparcidas que se movían con la escasa brisa, teniendo como fondo del conjunto a las montañas de la cordillera central.

El camino estaba delimitado por una empalizada, que separaba el vivero y el espacio por el que los mortales debíamos caminar. Llegué sofocada hasta donde terminaba el cercado y abrí cuidadosamente la puertecilla improvisada que mantenía a los animales lejos del agua. Me senté en una gran piedra en la orilla y pude notar como el calor se desvanecía casi de inmediato al contacto con la fresca brisa y la sombra de los árboles que, en este punto, ya lucían como un conjunto de amantes abrazos y no como los solitarios entes que pude ver minutos antes.

Saqué mi celular del bolsillo de mi vestido y tomé fotos del paisaje virgen que se mostraba frente a mí, coloqué música y respiré por un momento la soledad que tanto anhelaba hasta que una voz desde la otra orilla me hizo despertar de mi ensimismamiento. Un hombre rosbuto, de pelo negro y tez clara, de unos treinta años, me preguntaba si me iba a demorar mucho, porque sus amigos y él siempre se bañaban a esa hora.

Pregunté un poco confundida por qué no se podían bañar conmigo, pero su respuesta sería de “hay que respetar a las mujeres”, me hizo comprender de inmediato que pensaban andar desnudos. Él se alejó luego que le aseguré que no iba a irme en ese momento, así que decidí aprovechar y sacarme el vestido. Me quedé en un traje de baño, un bikini azul y blanco que contrastaba con mi tez morena y mi pelo negro.

El hombre volvió unos minutos después y se echó al agua. Yo estaba muy entretenida con  la música y el verdor que me rodeaba como para ponerle atención a ninguna otra cosa. El agua estaba fría así que para lo único que me levantaba era para cambiar una que otra canción que se colaba indiscreta en el reproductor del celular y no combinaba con el ambiente.

De repente escucho que él sale del agua, lo veo sentarse en la orilla por la que vino en un lugar medio escondido entre unas piedras grandes. Yo sigo admirando la naturaleza y agradeciendo en mis adentros que él se haya cansado de intentar hablarme, porque lo menos que me apetecía era precisamente conversar con alguien.

Por fin pude disfrutar tranquilamente de la leve corriente que acariciaba mi espalda y de los besitos que los pececillos regalaban a mis pies y los acordes de la guitarra de Silvio, hasta que mi reproductor decidió poner rock pesado, para variar. Me levanté, me acerqué a las rocas y detuve lo que estaba sonando, justo en ese momento escuché algo extraño.

Sonaba exactamente como cuando alguien está en la cumbre del éxtasis y empieza a gritar del placer, entonces recordé que el hombre seguía sentado tras las rocas. En ese momento yo le daba la espalda, él podía ver mi trasero redondo con toda libertad. Mi cerebro paró de funcionar y mi pensamiento viajaba demasiado rápido intentando comprender lo que pasaba y reaccionar al mismo tiempo. Resolví con subir la música, meterme bajo el agua y esperar que pasara.

Me quedé todo el tiempo que me permitieron mis pulmones, subí la cabeza para respirar y volví a quedarme en el fondo contra las pequeñas piedras mohosas. Pasó un buen rato antes que me atreviera a mirar detrás de mí. No escuchaba nada así que asumí que el pervertido se había marchado. Salí del agua como si me persiguiera el mismo diablo, me enredé en la toalla, tomé mis cosas y me dirigí a la casa.

Iba con la cabeza gacha, preguntándome si lo que ocurrió fue real, convenciéndome seriamente de que no fue mi culpa y con miedo de volver al río sola otra vez.

*Río Camú:  Río principal de La Vega, República Dominicana. Nace en la cordillera central en la loma de la Sal, en la reserva Ébano Verde.
* Empalizada: Conjunto de troncos que se utiliza para separar los terrenos a modo de cerca con alambre de púas en ellos para evitar que entren los intrusos.
* Silvio: Se refiere a Silvio Rodríguez, cantautor cubano.

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