Martes de Letras & Poesía

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Sí, si, ya sé que se publican los lunes, pero bueno aquí les dejo el link del escrito de este lunes en Letras & Poesía. Es un recordatorio de que a veces buscamos  la belleza en los lugares equivocados, espero lo disfruten tanto como yo.

PD: Sí, ya voy a terminar “Ella, Estrella” esta semana, gracias por seguir su historia aunque se haya vuelto lenta…

 

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Estrella no había sentido nunca algo como eso: Su estómago se agitaba cuando veía a Adam bajar del bote, se pasaba el tiempo añorando que él la abrazara, que la besara y la apretara contra su pecho, tenía un extraña necesidad de que él la notara, de que se acercara a ella. Llegó a pensar que él era inmune a sus encantos de mujer, esos que tenían a Evan hipnotizado, así que comenzó a esforzarse más para conquistarlo.

Llegó incluso a nadar desnuda en la noche para que él la viera y a dejar la puerta de su habitación abierta mientras se cambiaba, pero no consiguió nada más que sacarle una sonrisa pícara. Ella esperaba que él volviera a chocar sus labios con los suyos como en ese viaje a las aguas termales, pero cada día que pasaba él se mostraba menos receptivo, más distante.

Decidió entonces decirle que no podía dejar de pensar en él, pero se encontró con una triste sorpresa. Una chica alta y morena de pelo tan rizo como las olas del mar llegó a la puerta. Perla la saludó contenta y la presentó como Jane, la prometida de Adam. Estrella sintió que se quebraba por dentro, ningún dolor se comparaba al que ahora sentía, que le oprimía el pecho y cerraba la garganta, no pudo disimular su angustia, y fuera de sí, abandonó la casa sin avisar.

Se refugió en una cueva a unas cuantas millas y lloró desconsoladamente sin entender muy bien por qué. Se quedó allí en silencio hasta que el atardecer se asomó y bajó a la casa resulta a despedirse de todos, seguir su camino y olvidar. Perla la esperaba con ojos llorosos en la puerta, se había quedado inmóvil y con los ojos abiertos mientras su padre, su hermano y Jane buscaban a su amiga en el pueblo.

La niña se restregó los ojos al verla y se le echó al cuello sollozando. Estrella le contó de sus planes de retirada, del dolor en su pecho y las lágrimas que no se detenían, entonces Perla comprendió en un instante que la hija del cielo estaba enamorada y sufría al no ser correspondida. Evan nunca le dijo que el amor nos hacía sufrir y que dejaba un vacío inmenso muy difícil de llenar, para ella, que sólo sabía que era el deseo, esta emoción era tan nueva como desgarradora.

Ya era de noche cuando llegaron los demás. La cara de Adam se iluminó al verla sana y salva y la abrazó sin pensarlo. Ella dejó escapar una lágrima silenciosa, se declaró indispuesta para cenar y se fue a su cuarto. Todos miraron a Perla esperando una explicación, pero ella no se inmutó y siguió sirviendo la comida igual que siempre.

Cuando todos dormían Estrella salió a visitar a su madre como de costumbre y Adam salió tras ella, pues necesitaba una respuesta, ella nunca había salido sin avisar, él nunca la había visto tan triste. Quiso preguntar, pero se dio cuenta que su pelo se había decolorado hasta la mitad y sus mejillas antes rosadas y vibrantes, habían palidecido, entonces simplemente bajó la cabeza y se paró a su lado a mirar el firmamento en silencio igual que cuando se empezaban a conocer.

Ella esperaba una palabra, una caricia, cualquier reacción que le hiciera entender que ella le importaba, pero era inútil. Suspiró hondo y alzó sus brazos al cielo y clamó de nuevo, esta vez en voz alta, para que su madre la eleve una vez más…

 

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Perla y Adam se parecían mucho físicamente, pero eran totalmente distintos en su personalidad. Ella era alegre, graciosa y tierna, él era reservado y parecía carecer de cualquier emoción, solo sonreía con su pequeña hermana y mantenía la mirada firme, inquebrantable. Estrella no entendía por qué precisamente esa mirada la sonrojaba cuando se la topaba de frente.

Los tres se dedicaron a conocer Easter Rock de cabo a rabo: Descubrieron nuevas playas, cuevas, cascadas y acantilados, mientras el padre se quedaba en la hamaca leyendo los libros de su colección. Decidieron visitar las aguas termales de Shariza, donde supuestamente estaban custodiadas por Ninfas que aparecían en su forma natural cuando la Luna tocaba las aguas cristalinas.

Llegaron al anochecer, pero, no vieron ninguna Ninfa a pesar de que salió la Luna. Perla, cansada por el viaje, se durmió casi de inmediato, Adam se metió en el agua y Estrella quedó como siempre hablándole a su madre de sus aventuras recientes, hasta que el marinero salpicó y le mojó toda la cara.

Estrella no quería bañarse en el lago, cada vez que se sumergía en cualquier superficie se acordaba del naufragio y terminaba echa un manojo de nervios. Adam le extendió la mano y, como ella no la tomó, salió y corrió tras ella hasta atraparla, la sostuvo en sus brazos y se metió al agua con ella de un salto. Estrella temblaba de miedo y se aferraba a él igual que un un gato. Después de unos cuantos pataleos, llanto y ansiedad, ella se mecía tranquila, callada y sonriente en los brazos de Adam. La Luna los miraba divertida por las rabietas de su hija que parecía una niña pequeña en los brazos fuertes de ese hombre que la miraba tiernamente y la mecía sin dejarla caer.

Más tarde ambos salieron del agua, se secaron y se recostaron en las sábanas que habían colocado en el suelo antes de bañarse. Estrella estaba sorprendida con sus dedos de anciano y no dejaba de jugar con la piel flácida de sus brazos que se había ablandado por acción del agua templada. Acabó por encantarle la sensación del agua tibia en su cuerpo, tan relajante y tranquilizadora como un abrazo en momentos de angustias. No se quedó quieta hasta que Adam respondió todas sus preguntas, él sonreía con cada nueva ocurrencia, pero nunca se negaba a contestar.

El sol los descubrió abrazados y sonriendo. Cuando Estrella despertó el marinero ya estaba preparando el desayuno. Ella se dio cuenta por primera vez de la calma que le transmitía estar a su lado, de lo profundo de sus ojos negros y de los hoyuelos que se le hacían al reír. Ella puso las manos en sus cachetes para sentir esos pequeños surcos que le cortaban la piel, él retiró esas curiosas manos y las besó, luego besó suavemente sus labios. Perla despertó en ese mismo momento haciendo un ruido gigantesco porque había soñado con un kraken volador…

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Estrella no sabía si irse o quedarse, se sentía varada. Es cierto que había aprendido mucho desde que llegó, pero no se sentía totalmente a gusto. Tenía miedo del mar y del padre de Perla que la miraba siempre con recelo, pero no se sentía capaz de irse, no quería estar sola, eso la aterraba más que el océano.

Esa noche esperó que saliera su madre. Ella estaba usando un nuevo vestido blanco de cola larga y corpiño y le sonreía cariñosamente desde el cielo. Estrella quedó fascinada al verla tan hermosa y sintió endivia de sus hermanas que podían estar ahí y abrazarla. Una lágrima transparente se posó en su mejilla y en su interior el deseo de volver se hizo más fuerte. No se daba cuenta, pero su piel se volvía traslucida y su pelo palidecía poco a poco, sus ojos grises brillaban encendidos  como si hubieran recuperado su luz.

Adam salió en ese momento, se le había hecho costumbre el acompañarla en silencio cada noche hasta que ella decidía entrar a la casa.

— ¡Estrella! —  gritó al verla —  ¿Te vas tan pronto?

Estrella lo miró confusa, ¿cómo es que él comprendía lo que estaba pasando? ¿Cómo es que no se inmutaba? Su mirada era firme como siempre, pero sus ojos parecían tristes. Estrella se acercó a él y le contó lo confundida que estaba, relató toda la historia de su vida en el cielo y en la Tierra y lloraba sin parar porque no entendía ese sentimiento que llamamos duda, no sabía de qué le servía estar así. Después de escuchar sus lamentos, Adam acarició su cabeza y por primera vez le sonrió.

— La duda sirve para que tomemos una decisión. Tú has tenido siempre claro lo que deseas porque las situaciones eran solo en blanco y negro para ti, pero la vida no es así. A veces todo se mezcla y simplemente la confusión nos aturde, ahí es que debemos pensar si vale la pena eso que perseguimos, si queremos seguir intentando o renunciar a ello y buscar otra razón para vivir. Ya sabia que era extraño que alguien se llamara Estrella, pero nunca imaginé que de verdad fueras hija de Sol, eso es una noticia curiosa.

— ¿No te ha sorprendido? ¿Se lo dirás a todos? ¿Me perseguirán?

— No, no es la primera vez que veo a alguien intentando subir al cielo… Y si se lo dijera a alguien creerían que estoy loco.

El marinero le contó que, cuando era pequeño  su madre había ascendido al cielo como estrella. Fue en una noche de tormenta, su madre lloraba y cuando la Luna apareció en el firmamento su pelo se volvió rubio y su piel palideció. Ella no se daba cuenta de que sus hijos la miraban volverse un ser de luz, nunca volteó hacia atrás, nunca se despidió, pero mientras subía se escuchaba su lamento. Su padre creyó que era cosa de ni;os, pero Perla y él sabían que no podían estar soñando. Nunca pudo entender por qué su madre se marchó, ni por qué lloraba cada noche, lo único que podía asegurar era que allá en las alturas ella era más feliz.

Estrella quedó perpleja, ella pensaba que era la única que había decidido quedarse, que nadie más había desafiado al orden natural de las cosas. Tampoco era la única que había perdido el coraje e intentaba regresar… Miró de nuevo a la Luna que esperaba con los brazos abiertos, le pidió tiempo para pensar y entró de nuevo a la casa, no se había percatado que la punta de su pelo se veía dorada hasta que amaneció.

Perla se dio cuenta de inmediato y miró a Adam, quien asintió levemente con la cabeza. La chica la abrazó y lloriqueaba mientras le gritara que no se fuera, que era su única amiga en ese lugar. Estrella no supo que contestar, solo le besó la cabeza y limpió sus mejillas llenas de lágrimas. Ese día decidió conocer la isla junto a ella y Adam, quería darle otra oportunidad a la Tierra, una última oportunidad.

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Perla vivía con su padre y su hermano en las costas de Easter Rock, ella se encargaba de la casa , modesta y toda de madera, mientras ellos iban a pescar. Cuando vio a Estrella no pudo sentir nada más que pena y, a pesar de que su padre le había advertido muchas veces de los extraños, decidió abrir la puerta y dejarla pasar.

La nueva invitada estaba cubierta de arena, mojada y con fiebre, se veía delgada y cansada. Ella le escuchaba atentamente mientras la recién llegada le contaba sobre la tormenta, el barco y la persona que perdió en el mar, su voz se cortaba en cada tanto de tiempo, coincidiendo con la caída de las lágrimas en sus mejillas que parecían no cesar. Perla le dio de comer y la bañó con agua dulce, luego le prestó su cama. Estrella sintió que nadaba en un río de algodón, todo ese tiempo en el circo le había hecho olvidar lo cálido que se sentía un colchón.

Pronto llegaron los hombres de la casa. Perla les contó sobre la náufraga que había acojido. El padre se molestó al principio, pero al ver a la chica durmiendo en la cama de su hija se apenó y propuso una semana de prueba para la extraña, si es que esta decidía quedarse. Estrella no pretendía mudarse con estas personas, pero no tenía lugar donde ir, todo lo que conocía se había desmoronado y no había vuelta a atrás.

Al despertar, el atardecer se había apoderado del horizonte. Ella se levantó y vio por la ventana: El Sol se había casi recostado sobre las nubes y las primeras estrellas, curiosas se asomaban en el cielo con tonos rojizo y anaranjado, el mar reflejaba los colores a la perfección como un espejo. Perla entró sin tocar, sonrió al verla de pie y le tocó la frente. La fiebre había bajado, así que retiraron las sábanas para lavarlas. Salieron ambas de la habitación y se cruzaron con el padre de la chica.

Era un señor entrado en años con el pelo canoso pero de brazos fuertes, su mirada era firme e intimidante, sus labios carnosos y su piel un tanto más oscura que la de su hija, quizá por efectos del Sol. Estrella saludó y agradeció al hombre haberla dejado descansar, elogió a su nueva amiga por su  piedad y siguió su ruta hasta el mar para ocuparse de sus sábanas.

Fuera de la casa estaba Adam, el hermano de Perla, un chico formido de pelo negro, ojos café y sonrisa amplia. Él desenredaba las redes del bote justo en el momento en que ellas salieron. Su mirada se cruzó con la de Estrella, fuerte y encendida, ella intentó mantenerla, pero su cuerpo se estremeció de tal forma que prefirió apartarla.

Llegada la hora de cenar la familia se sentó en la mesa. Todos escucharon a Estrella contar sobre el naufragio y el circo, compartieron sus risas y ella disfrutó con las historias sobre el mar, la vida de los pescadores y las míticas sirenas.

Esperó a que todos durmieran para visitar a su madre. Le reclamó no haberla salvado, no haberle advertido, pero también le agradeció que la haya cuidado mientras estaba inconsciente en medo del mar. La verdad era que, a estas alturas, ella extrañaba la tranquila vida del cielo, pero sabía que no podía volver, debía convertirse en humana y cuando muriera entonces la Luna podría velar por ella y recoger su alma como un as de luz, sin embargo aún no podía trasformarse del todo, aún no comprendía qué le hacía falta, a qué detalle debía prestar atención.

Adam interrumpió sus pensamientos, había salido a acompañarla para que no estuviera sola. Ambos contemplaron el cielo en silencio que se cortaba por los suspiros que de vez en cuando exhalaban los dos: Ella añorando volver y él porque añoraba a quien se había ido.

Saludos mortales, vengan a votar

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Saludos amigos mortales:

He sido nominado a escrito de la semana en Letras & poesía por “Casi lo olvido”. Los que no lo han leído pueden aprovechar, pues ahí mismo aparece el enlace para ojear los nominados.

Les dejo el enlace para votar aquí.

Gracias por leer todas las arañitas que salen de mi cabeza, de verdad se les agradece porque este experimento no estaría completo sin ustedes.

Tengan un feliz inicio de semana, si es que el lunes los deja..

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Evan no podía creer que la había encontrado, la había buscado en las cercanías del pueblo, en el río, incluso merodeaba de vez en cuando la casa de Joel por si ella aprecía. La verdad es que le extrañó mucho que se marchara sin decirle, llegó a pensar que esa historia de la Luna era cierta y ella había vuelto de repente al cielo, claro que eso para ;el era imposible, pero era lo único que podía tranquilizarlo. Pensar en Estrella era constante para él, sin importar con qué mujer estuviera. Soñaba con sus ojos grises y su pelo negro, con la oportunidad que desaprovechó en el río al verla tan inocente, tan pura.

Ella, por su parte, imaginaba que él no la recordaba que había pasado por su vida como una más, como solía decir Joel.  Verlo le hizo evocar los momentos más felices de su estadía en la Tierra, sus primeros descubrimientos del mundo, la bondad de la gente que tanto añoraba, cuando la vida parecía sonreírle. Las lágrimas le corrieron por las mejillas, ahora delgadas y pálidas, extendió las manos hacia Evan y lo abrazó casi por instinto, sintió su cuerpo desplomarse en sus brazos y su corazón calentarse poco a poco, hasta sentirse en casa.

Evan esperaba un barco que lo llevaría a Stardust, donde vivía su padre. Estrella le contó que la perseguían, así que decidieron partir juntos. El mar parecía interminable y se fundía con el horizonte celestial. Él pudo entonces admirarla bajo la luz de la Luna: su pelo negro había crecido, pero su piel se veía más pálida de lo normal, había adelgazado y las ojeras le marcaban el rostro. Sus ojos ya no se veían brillantes e inocentes, el mundo los había transformado en fríos observadores que aguardaban la salida del Sol.

Por alguna razón Evan sentía que ambos eran extraños, personajes de otro tiempo que no podían romper el hielo que se interponía entre ellos. Cuando él reunió las fuerzas suficientes para hablar, escuchó un leve susurro en su oído: Tormenta. Creyó que estaba alucinando, pero las nubes de inmediato se agruparon y el viento hizo su aparición. El barco se movía de un lado a otro, los marineros amarraron las velas y Estrella permanecía parada con la vista en el horizonte, inmóvil, llorando en silencio.

El mar rugía con bravura y un remolino se abrió paso tragando todo lo que encontraba a su paso, la lluvia no cesaba y hacía coro a los relámpagos, los primeros que ella había viso en su vida. No le aterraba morir, hace unas horas era precisamente lo que más quería, su miedo era morir sin ser humana, sin ser estrella, siendo apenas nada.

La noche pasó lenta y desgarradora. Los gritos no cesaban y el crujir de las tablas del barco parecía no terminar…

El Sol la despertó con la cara pegada a la arena, acariciaba su pelo suavemente. Sintió que todo había sido un sueño, uno de esos donde no quieres despertar porque es más reconfortante que la realidad. No podía recordar qué había pasado con el barco ni con Evan, lo único que podía asegurar era que lo había perdido de nuevo, que esta vez sería para siempre.

Se levantó lentamente y desde la costa divisó un pueblo cercano. Se sentía cansada, abatida y sola, pero continuó hasta llegar a la primera casa donde tocó la puerta. Le abrió una chica morena de ojos café. Llevaba un vestido azul y el pelo trenzado, con algunas flores en él. Al verla la llevó dentro y le sirvió sopa de pescado, su nombre era Perla.

 

Casi me olvido

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Casi me olvido de compartirles mi entrada en Letras & Poesía. Esta vez no es una historia inventada, es sobre algo que me sucedió a mi y que nos sucede a todos.

Allá estoy publicando cada 15 días y aquí, pues estoy reponiéndome de mis achaques literarios para volver a publicar de lunes a viernes

El final de Ella, Estrella está cerca así que no se desesperen ya pronto narraré otras historias sobre mortales de esas que les gustan.a ustedes porque pueden verse con otroa ojos e identificarse.

Que tengan un jueves muy feliz…

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Por primera vez Estrella se sentía cómoda con su sexualidad. Ya no recordaba el oscuro cuarto donde Joel la tenía encerrada y lo mucho que dolió en todos los sentidos su primera vez, solo se dejaba guiar por los sentidos no importa si era con Layla, Paul o Amy, se sentía bien. Ya no pensaba en escapar del circo, después de todo la vida era cómoda así, ya las burlas del público en el escenario le daban igual y las quejas del payaso,  la rutina del día a día. Todo iba bien hasta que a Muggs se le ocurrió otro acto…

Estrella debía tomar el papel de Pot en la Jaula. Paul era el domador y debía guiarla en los saltos y giros, luego azotarla para que el público la escuchara gritar. Paul se negó a hacer el acto, así que Muggs buscó a sus “hombres de hierro” que lo amarraron y golpearon hasta casi quedar incosciente.

Muggs subió al escenario mientras Estrella estaba en la jaula ajena a lo que podría pasar. Cuando ella vio que no era Paul quien iba a desarrollar el acto, se puso histérica y no quiso salir de la jaula. El mago se desesperó y le haló una pierna, pero ella no soltaba los barrotes, él entonces comenzó a azotarla con el látigo mientras ella gritaba. Él público confundido se retiró poco a poco.

Cuando Muggs se dio cuenta quedaban solo unos pocos asientos ocupados y la pierna de Estrella sangraba. Él salió del escenario y mandó a sacar la jaula. Estrella terminó amarrada con azotes en la espalda, la sangre corriendo por las heridas y moretones en todas partes. Ese día su corazón se ennegreció de la misma forma que lo hizo cuando Joel la violó y se dio cuenta de una cosa: La ira, el odio, motivan al ser humano a hacer más de lo que cree capaz, más de lo que se imagina.

Al día siguiente ella se aseguró de que Pot no comiera y en la noche, cuando el público ya se había marchado, se escabulló en la tienda de Paul y lo liberó de la jaula. Entró en la carpa de Muggs que dormía recostado en el sillón y lo contempló unos momentos, pensó en amarrarlo, pero al darse cuenta que no tenía tiempo, solo le lanzó la comida del lobo encima.

Muggs se despertó cuando su cuerpo hizo contacto con las viseras y la carne cruda, vio a Estrella frente a él con el látigo en la mano. Ella sonrió y lo levantó dejando pasar al animal que se avalanzó sobre el cirquero. Ella corrió a toda prisa, mientras dejaba atrás los gritos del mago que despertaron a los demás.

Corrió sin mirar atrás alentada por la brisa y guiada por la Luna que aún lloraba al ver las heridas de su espalda. Las demás estrellas le avisaban qué dirección tomaban los “hombres de hierro” que salieron a buscarla y ella terminó frente al mar, el mar vasto y vibrante. Pensó en entregarse a él, abrazar las olas y caer lentamente en sus profundidades a pesar de que Evan le había advertido una vez sobre ahogarse. Cerró los ojos y extendió los brazos, sus hermanas le gritaban que no saltara que aún no era humana, pero ya no era estrella, debía encontrar su sitio antes de morir o se volvería polvo estelar.

— No soy humana, no soy estrella, ¿qué clase de fenómenos soy entonces?

— El único que me parte el alma y me quita el sueño…

Ella volteó sorprendida, conocía esa voz, la añoraba tanto, y no se equivocó. Ahí estaba él con su pelo rubio, sus ojos negros pícaros y juguetones. y su instintiva curiosidad…

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Paul llegó al circo con su lobo amaestrado hace unos 10 años. No era muy comunicativo ni le gustaba hablar de su pasado, peor siempre se mostraba diligente a la hora de hacer las tareas que Muggs le encomendaba. Su apariencia misteriosa hacía a todos dudar de sus intenciones, pero nunca se demostró ser mala persona.

Paul sentía pena por Estrella desde el mismo día en que llegó, sabía que su estadía no sería etérea como Muggs había prometido, pero no había nada que pudiera hacer, pues si volvía a interferir en los asuntos del viejo mago su carrera y su vida estaban en riesgo.

Rápidamente se dio cuenta que Estrella le tenía miedo. Cada vez que ella lo veía sus ojos se abrían como platos y casi corría hacia otro lugar, al principio era molesto, pero luego se convirtió en su entretenimiento personal. Disfrutaba ver huir a la chica como si fuera su presa, lo hacía sentir superior e intimidante como su lobo.

Una noche entró en la tienda de las gemelas por orden de Muggs y encontró a Estrella subiéndose el vestido de muñeca con su cara maquillada, pero sin la peluca puesta. Ella se sonrojó al verlo pero no huyó. Fue la primera vez que ambos se miraron fijamente a los ojos. Ella terminó de subirse el vestido y se volteó, él instintivamente le cerró la cremallera y le amarró el lazo, luego se retiró lentamente sin decir nada.

Al día siguiente ella fue a su tienda. La jaula del lobo ocupaba casi todo el lugar, solo había una tela en el suelo a modo de cama, un par de botas y el vestuario de la función tendidos sobe un par de barriles. Ambos empezaron a charlar y sintieron como si fueran conocidos de hace mucho tiempo, se sentían a gusto y se contaron sus experiencias sin tapujos. Las visitas de Estrella a la carpa se hicieron frecuentes, tanto que incluso Pot, el lobo, ya se había acostumbrado a su presencia.

Aquel que una vez le inspiró terror ahora era su camarada. No sonreía mucho y era la mayoría de las veces tosco en su manera de hablar, pero era fácil de tratar, no había que darle explicaciones largas y se dejaba abrazar. Ella comprendió que lo necesitaba, no sólo como amigo, sino para salir del circo, pues si conseguía que él le mostrara a manejar al lobo Muggs no podría detenerla.

Una noche, ella entró a la carpa mientras Paul no estaba. Necesitaba encontrar las llaves de la jaula para poner en marcha su plan de escape, pero antes que pudiera encontrarlas entraron Paul, Amy y Layla, iban una a cada lado y lo abrazaban.  Amy le tomó la cara entre las manos y lo besó. Estrella se sobresaltó, se puso colorada y se le pusieron las orejas calientes, no quería que Amy lo besara, le hervía un sentimiento dentro que no había experimentado antes y se intensificada cada vez: Los celos.

Layla apartó a su hermana y besó también al domador mientras Amy se agachaba y le abría la cremalleja para colocar su miembro erecto en la boca. Los tres se embarcaron en una oleada de pasión y gemidos que Estrella contemplaba desde un extremo oscuro de la tienda, son las manos en la boca para no emitir sonido y con las lágrimas resbalando por sus mejillas.

Layla consiguió verla y se acercó hacia ella. Estaba desnuda, con el pelo desordenado y sonreía pícaramente. Secó las lágrimas de Estrella, retiró las manos de su boca y la besó. Estrella sorprendida no sabía si apartarla o seguir el juego, Layla aprovechó el desconcierto para apartarle su ropa interior e introducir su dedo suavemente, tocándole el clítoris. al mismo ritmo en que se movían sus labios

Paul y Amy se acercaron y reclamaron espacio: Paul se acercó a Layla por detrás y la penetró mientras apretaba sus nalgas redondeadas, Amy se colaba entre Estrella y su hermana y desabotonaba la camisa de la hija de Luna para introducir en su boca uno de sus senos cálidos y morderlos suavemente al tiempo que tomaba las manos de la chica y las guiaba hasta su sexo.

La noche terminó para los cuatros después de una jungla de sonidos. Estrella quedó extasiada, exhausta y con mil preguntas en la cabeza. Esa noche durmió profundamente y los rayos de sol la sorprendieron desnuda sobre tres cuerpos más. El astro se limitó a levantarla rozando una de sus piernas con su calor.